Debo decir que me queman las manos por escribirte algo cada vez que miro mi celular, tengo varias excusas bajo la manga. Se me vienen a la mente todas las horas que he reído contigo y mejor aun, cuando te he oído reír a ti, que es un efecto muy similar a reventar burbujas de plástico. Ayer me hablaste, mandó la razón e hizo sentar al sentimiento en un rincón. Hay días que te extraño a un nivel incoherente (como hoy), hay dias que quisiera mandarte al planeta mas lejano de la galaxia, pero lo que si es seguro es que pienso en ti cada que sale el sol.
A veces cuando lo demás no cambia, es uno el que debe cambiar, incluso contra la misma voluntad, dirigirse a un camino que nunca se eligió tomar. Dentro de mi siempre tuve la certeza de que mi deber universal, que mi destino del alma, era no dejarte ir jamás, no podía ser casualidad conocerte, no podía ser casualidad que causaras tal efecto en mi. No creo en las casualidades, lo sabes, por eso cuesta imaginarse lejos de tu risa de conejo y tus infinidad de defectos armoniosos e insoportables. Pero han pasado muchos años repitiendo el plan y quizás tengo que improvisar, quizás he sido muy terco con mi idea romántica de querer verte sonreír todos los días de mi probable corta vida. Tal vez es una nueva señal, un nuevo aviso de que me equivoco más de lo que creo, y que ese vacío que me queda dentro cuando estas lejos, es solo una prueba más para acostumbrarme a vivir así, solo sin ti.
jueves, 14 de enero de 2016
jueves, 7 de enero de 2016
Hija mia
Hija mía, ojitos de aceituna, pienso en ti cada mañana, cada intento de respiro. Quisiera verte cada día más de lo que veo al sol, quisiera llevarte en mi bolsillo mientras camino y llenarme de tu alegría, poder seguir existiendo gracias a tu sonrisa y terminar el día fulminado por tu cariño.
Hija mía, quisiera que fueras mi sangre, quisiera haberte engendrado años atrás y aprender de tu amor, haberte enseñado a caminar y a maldecir, sentir tu abrazo cariñoso y tu rabia de niña caprichosa cada tarde al volver cansado del mundo. Quisiera, hija mía, haberte visto crecer cada segundo detenidamente como quien ve crecer una flor, ponerle atención a cada pequeño detalle de tu pequeña vida y escuchar de ti el honor de la palabra "papá".
Hija mía, quisiera poder decirle a todo el mundo lo orgulloso que estoy de ti, tomarte de la mano y salir a pasear por algún lugar nuevo cada día y que la gente envidie la suerte que tengo de de poderte decir "te amo, hija mía".
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